por Walter Trobisch
Autor —junto a su esposa— de numerosos escritos y libros con consejos sobre el amor, el noviazgo y la familia, este austríaco nos sorprende una vez más, con una desconcertante y hasta «jocosa» vivencia que tuvo con un padre de familia polígamo. Una situación de no fácil solución, que se repite por millares, también en nuestros países. Para discutirlo en la clase de misiones.
En uno de mis viajes por África asistí a un culto donde nadie me conocía. Luego de la reunión hablé con dos jóvenes que también habían estado presentes en el culto:
• ¿Cuántos hermanos y hermanas tienes? —le pregunté al primero.
—Tres.
—¿Son todos de la misma madre?
—Sí, mi padre es cristiano.
—¿Y qué de ti? —le pregunté al otro.
Dudó por un instante; estaba haciendo el cálculo mental del número de los hijos. Supe inmediatamente que provenía de una familia polígama.
—Somos nueve —dijo finalmente.
—¿Es tu padre cristiano?
—¡No! —fue su típica respuesta—, ¡si él es polígamo!
—¿Estás bautizado?
—Yo sí, y mis hermanos y hermanas también —añadió orgulloso.
—¿Y sus madres?
—Las tres están bautizadas, pero sólo la primera toma la Santa Cena.
• Llévame a tu padre; quiero conocerlo —le pedí.
* * *
El muchacho me llevó a su hogar, compuesto de varias chozas individuales. Allí se respiraba una atmósfera de limpieza, orden y prosperidad. Cada esposa tenía su propia habitación y cocina. El padre, un hombre de mediana edad, bien parecido, alto y gordo, me recibió sin vergüenza y con aparente alegría.
Encontré a Omondo, así se llamaba, como un hombre bien educado, muy despierto e inteligente, con un agudo juicio y un raro sentido del humor. En el siguiente diálogo intentaré rescatar la esencia de la larga conversación que mantuvimos. Al menos por afuera, no presentó disculpas por ser polígamo.
* * *
• ¡Bienvenido a la choza de este pobre pecador! —saludó con una amplia sonrisa.
—Pero parece, al menos, un pecador rico —le seguí en tren de broma.
—Los santos muy rara vez llegan hasta este lugar —me dijo—, no quieren contaminarse con el pecado.
—Aunque no tienen miedo de recibir a tus esposas e hijos. Yo recién estuve con ellos en el culto.
—Sí, yo sé... yo también les doy algunas monedas para el plato de la ofrenda. Supongo que hasta podría financiar la mitad del presupuesto de la iglesia. Claro, ellos aceptan gustosos mi dinero, pero a mi no me quieren...
Permanecí sentado en silencio, pensativo. Luego de unos instantes, continuó:
—Lo lamento por el pastor. Por no querer aceptar como miembros de la iglesia a los polígamos del pueblo tiene una congregación pobre y dependiente de los subsidios de Norteamérica. Lo que logró es tener una iglesia de mujeres a quienes todos los domingos les repite que la poligamia está mal.
* * *
• ¿Acaso tu primer esposa no quedó choqueada cuando le trajiste la segunda mujer?
Omondo me miró casi con lástima:
—¡Fue su día más feliz! —me respondió.
—¿¡Cómo!?
—Bueno, un día, después de haber vuelto del campo trayendo madera y agua, ella estaba preparando la cena; mientras, yo la miraba sentado en el frente de mi casa. De repente se dio vuelta y se burló de mi. Me dijo que era un pobre hombre porque tenía una sola mujer. Hizo referencias a una de las esposas de nuestro vecino que podía atender a sus hijos mientras que la otra preparaba la comida. Tuve que admitir que ella tenía razón; que necesitaba ayuda.
En realidad, para el tiempo en que mi única esposa me compartió su inquietud, ella ya había elegido a otra esposa para mí. Uno de esos días, miré alrededor del patio y vi a una joven hermosa de unos veinte años, cuando salía de una de la chozas. Casarme con ella representaba un verdadero sacrificio para mi: ¡su padre demandaba una dote muy alta! Pero lo hice.
Entre ellas se llevan muy bien.
* * *
• ¿Es decir que la mujer que te hizo polígamo es la única en tu familia que participa en la Santa Cena?
—Claro. Es que de acuerdo con la iglesia mis esposas son consideradas como obedientes a Dios, en cuanto al matrimonio, porque cada una de ellas tiene un solo marido. Yo, sin embargo, el esposo y padre de sus hijos, soy el único pecador de la familia. La Cena del Señor es para los pecadores, pero yo estoy excluido de ella. ¿Puede entender esto, pastor?
Quedé confundido.
—Y vea —continuó Omondo—, todos están orando por mi para que me arrepienta de mi pecado, pero no se ponen de acuerdo por cuál pecado debo arrepentirme.
—¿Qué quieres decir?
—Mire, el pastor ora para que yo no siga cometiendo el pecado de la poligamia; pero mis esposas, para que yo no cometa el pecado del divorcio. Así que quisiera saber: ¿cuál de las oraciones va a ser contestada primero?
—Entonces, ¿tus esposas tienen temor que te hagas cristiano?
—Mis esposas temen que yo me haga miembro de la iglesia. Déjeme decirlo de otra manera. Para mi hay una diferencia: ellas pueden tener relaciones conmigo siempre y cuando yo no sea miembro de la iglesia, pero a partir del momento que yo me haga miembro
de la iglesia, nuestras relaciones íntimas se transformarían en pecaminosas.
—Entonces, ¿es por eso que no te quieres hacer miembro de la iglesia?
—Pastor, ¡no me tiente! ¿Cómo puedo hacerme miembro de la iglesia si eso significa desobedecer a Cristo? Cristo prohibió el divorcio pero no la poligamia. La iglesia prohíbe la poligamia ¡y demanda el divorcio! ¿Cómo puedo llegar a ser miembro de la iglesia si quiero ser cristiano? Para mí hay una sola manera: Ser cristiano sin ir a la iglesia.
—¿Hablaste alguna vez con el pastor al respecto?
—El no se atreve a hablar conmigo porque sabe muy bien, tanto él como yo, que algunos de sus ancianos tienen una segunda esposa en secreto. La única diferencia entre ellos y yo es que yo soy honesto y ellos unos hipócritas.
—¿Tampoco hablaste con algún misionero?
—Si, una vez. Le dije que los europeos y norteamericanos, por su estilo de vida, practican una suerte de poligamia al casarse y divorciarse reiteradas veces, mientras que entre nosotros se trata de una poligamia simultánea. La nuestra es más honesta, más humana. Después de este planteo se acabó; nunca volvió.
* * *
Decidí permanecer en silencio. Luego le rogué que me acompañara de regreso al pueblo. Lo aceptó gustoso; evidentemente, le complacía ser visto junto a un pastor.
* * *
• Pero dime, ¿por qué tomaste una tercera mujer? —inquirí mientras caminábamos.
—¡Yo no la busqué! La heredé, a ella y a sus hijos, de mi último hermano. Le hubiera correspondido hacerlo a mi hermano mayor, pero como él es anciano de la iglesia, ¡no le está permitido pecar dando seguridad a una viuda!
Lo miré a sus ojos y le pregunté:
—¿Y tú, quieres hacerte cristiano?
—¡Es que yo soy cristiano! —me contestó sin sonreír.
1. ¿Cree Ud. que es necesario pedir a los nuevos creyentes que abandonen a sus esposas dentro de una cultura donde es aceptada y practicada la poligamia?
2. ¿Que podría hacerse por las mujeres si el misionero insiste en la monogamia para los creyentes?